Somos la “palabra”, respondió Kant. Los animales tienen voz para expresar el gusto y el dis-gusto, pero nosotros tenemos la “palabra” para decir lo que pensamos y sentimos. Hablar no es lo mismo que hacer ruidos o chascarrillos.

La mente lo determina todo. Hablamos con el cerebro y hablamos porque para vivir necesitamos con-vivir y convivir es competir, es estar en grupo y hacer muchos amigos y pocos enemigos. No lo dudéis, el poder creador de la palabra significa mucho más en nuestro subconsciente que en nuestros diccionarios.

Cuando pronuncio la palabra futuro, la primera silaba pertenece ya al pasado.

Cuando pronuncio la palabra silencio lo destruyo.

Cuando pronuncio la palabra nada, creo algo que no cabe en ninguna existencia”. (SZYNBORSKA)

La palabra es una máscara yno es inofensiva. Cuando te dicen “maligno” o “culpable”… te cambia la vida. Su sentido nunca es limpio ni recto, es apariencia y juego.

Por eso su enemigo y el nuestro es la rigidez que la trasforma en algo vulgar, en un instrumento de dominación, en un catecismo y las palabras no tienen nada trascendente, únicamente están relacionadas con el interés.

La palabra rígida, no tiene fecha de nacimiento y por lo tanto no envejece, no cambia, su sentido es fijo y así se convierte en un montón de trastos, de residuos acumulados desordenadamente, sin fuerza que distraen nuestra atención. La rigidez vacía de sentido a la palabra y la trasforma en una pose.

La fijeza del lenguaje nos engaña. Al escuchar una palabra no hay dos personas que sientan y piensen lo mismo. Su identidad es ante todo abierta, cambiante, evolutiva, es un proceso. Palabras como perdón, arrepentimiento, democracia o Constitución las estamos perdiendo a fuerza de repetirlas de forma rígida, uniformada. La información monocorde sobre casos de corrupción disuelve esta palabra al mezclar los casos grandes con los pequeños.

En cambio, la palabra velada oculta algo que hace que su poder de descripción sea infinitamente mayor. La realidad es misteriosa y una palabra sin misterio, sin velo, no interesa porque su secreto no consiste en lo que dice sino en lo que constantemente nos sigue diciendo.

Escribimos las mismas palabras, incluso en el mismo orden, pero la música que desprenden nunca es la misma. Podemos copiarlas pero no repetirlas porque las piezas del puzzle van cogiendo otras formas y sonidos y el resultado es otra cosa.

«Solidaridad» por ejemplo, ha sustituido a palabras como piedad o caridad, las ha enriquecido. Cuando escuchamos «solidaridad» nos vienen las imágenes de la pobreza en el mundo con una proximidad y cercanía que no podíamos imaginar.

Las palabras no hablan por sí mismas, siempre necesitan ser interpretadas, descritas por alguien y sabemos que inevitablemente se llega a ello a partir de pre-juicios, ideologías… La palabra nace de los recuerdos que es lo único que tenemos completo del pasado.

Uno de los personajes de A través de espejo le dice a Alicia: “cuando yo uso una palabra, quiere decir exactamente lo que yo decido que diga, ni más ni menos” y Alicia le responde “la cuestión es si se puede hacer que las palabras signifiquen tantas cosas diferentes” y, sin dudarlo, éste le contesta: “La cuestión es quién manda; con eso, hay bastante”.

Podéis creerme, toda decisión, sea del gobierno o de un juez tiene intención, porque la palabra, la literatura, el derecho hunde sus raíces en la geografía y en la historia, son carne y sangre, paisaje, comida y vino, no hay otra forma de hacer las cosas.

El lenguaje rígido es un lenguaje impuesto, formal, que puede convertir una palabra como “trasparencia” en un fraude, en un engaño. Como la luz excesiva que deslumbra, palabras como trasparencia o “corrupción” están perdiendo su fuerza al repetirlas desordenadamente, sin matiz, sin ponderación. Las informaciones sobre casos de corrupción se acumulan y yuxtaponen para cegarnos. Se amontonan como si fueran trastos para que las pequeñas tapen las más grandes.

Claro que todos somos iguales, que todas las corrupciones y corruptelas son condenables, pero también es verdad que no somos lo mismo y que  la corrupción de los poderosos, de los importantes, es la más dañosa, la peor.

¡Ah! Y tened presente que hablamos demasiado y una palabra irónica o severa basta para crearnos un enemigo para toda la vida.

ANTONIO ROVIRA