¿Quién tiene el poder y quién puede ejercerlo? ¿Quién es el propietario del caballo y de la espada? ¿Quién manda y quien manda mandar? Esa es la cuestión.

En las primeras sociedades, se sabía con seguridad quién podía hacerlo, pero se ignoraba quién tenía derecho a ello y cuáles eran sus límites. El jefe se imponía por la fuerza y con la fuerza se mantenía hasta que aparecía otro más fuerte. Porque en esto consiste el poder político, en poder hacer, en poder obligar a hacer, en poseer la fábrica de emitir órdenes y hacerlas cumplir por la fuerza.

Y aunque los griegos convirtieron la polis en un centro institucionalizado de Poder, seguía predominando el vínculo personal. El Poder era del que lo ejercía y solo era efectivo dentro de las murallas de la ciudad.

En la Edad Media, el dueño del Poder era el dueño de la tierra con todo lo que ésta contenía, ya fueran personas o cosas. Los príncipes dictaban y aplicaban caprichosamente las reglas, imponían y cobraban los tributos a los campesinos, ordenaban a los siervos y formaban grupos armados a su servicio.

Pero a medida que estos grupos medievales se hacen más amplios y complejos, este poder efímero, débil y arbitrario del Señor medieval como propietario de personas y haciendas, resultaba ineficiente para asegurar la unidad de unos grupos humanos cada vez más amplios y desarrollados.

Y he aquí que entre tanto cambio y necesidad, hace 500 años, Maquiavelo, como cualquier científico, descubrió que la causa principal de la inestabilidad de los grupos feudales se debía a que la titularidad del poder político y su ejercicio se ponía en manos del mismo Señor, y propuso un cambio: en lugar de que el Poder fuera una prerrogativa de una sola persona física se inventó un nuevo soporte, un nuevo dueño más permanente, más duradero y sólido al que llamó “Estado”.

Menudo descubrimiento. ¿No os parece?. Maquiavelo se inventa un ente, un artificio, algo inmaterial, una ficción, “el Estado” y lo convierte en el nuevo dueño del poder y a los príncipes y reyes en los agentes temporales, en los gobernantes que lo ejercen de forma absoluta pero que ya no lo poseen. Maquiavelo separa al titular del Poder, al dueño de la espada, de la persona que puede usarla. Y así, por arte de magia, una palabra, “Estado”, se convierte en una institución, en un organismo con vida propia, con su propia razón, “la razón de Estado”. Una razón que se expresa a través del Derecho que se impone, por primera vez, en todo el territorio a través de los “códigos”.

Ésta es la gran revolución política del Renacimiento, separar al que manda del que manda mandar y con ello consigue subordinar la voluntad de los gobernantes, reyes y príncipes a unos objetivos superiores del Estado; entre ellos, la unidad y la fortaleza de los pequeños reinos y principados. Con el Estado el poder absoluto del Rey empieza tener límites.

Pero ¿quién puede ejercer el poder del Estado? ¿Quién puede mandar?

Hasta finales del siglo XVII la forma de gobernar el Estado fue la monarquía absoluta. Un sistema que delegaba todo el Poder al Rey a cambio de que éste garantizara la seguridad y unidad a la comunidad.

No obstante, con el paso de los años, también la monarquía absoluta se convirtió en un sistema muy poco eficiente. ¿Cómo podría ser si no? Los nuevos sistemas políticos siempre han sucedido a los antiguos y en los siglos XVII y XVIII, ante la decadencia de los reyes absolutos, se busca una solución en el mundo terreno mediante la razón y así surge el liberalismo para el que el Estado es el conjunto de ciudadanos.

Para el nuevo régimen político, el titular del Poder es el “Estado llano”, que mediante un pacto denominado Constitución acuerda la forma de organizar el Poder y de elegir a los que van a mandar en su nombre. Y así la razón de Estado es sustituida por la voluntad popular y el Estado absoluto es sustituido por el Estado de Derecho, por el Estado sometido al Derecho como expresión de la voluntad general. La monarquía absoluta es sustituida por la república.

Pero, ¿cómo puede gobernarse el Estado de Derecho?

La democracia organiza su poder legislativo mediante una o dos cámaras, incluso puede distribuirlo en el territorio de forma centralizada o federal y, lo que ahora nos importa, puede encargar la jefatura del Estado a un monarca sin poder o elegir directamente a un presidente con amplias competencias.

No nos confundamos: ¿Monarquía o republica? fue la pregunta del siglo XVIII, de la misma forma que ¿dictadura o democracia? lo fue en el XX. Pero hoy, cuando decimos monarquía nos referimos a una monarquía republicana, democrática. Una forma de organizar la jefatura de un Estado de Derecho  que se caracteriza por su exclusiva función de representar a un pueblo al que en ningún caso puede mandar.

Por eso, en las democracias modernas, la monarquía debe demostrar constantemente sus ventajas porque el jefe del Estado también es un servidor público retribuido que debe legitimarse con el ejercicio. No es suficiente que se comporte con amabilidad, porque la amabilidad por sí sola, aislada, puede convertirse en la forma sofisticada del desdén, cuando no en un menosprecio gélido y soberbio que raye el desaire.

¿Presidente electo o monarca parlamentario? esta es la cuestión.

ANTONIO ROVIRA